Con un micro, una guitarra y la voz de Gisela llenaron el estudio de Pegando la Hebra de electricidad y vibraciones positivas.

No soy persona fanática de nada. Me gustan muchas cosas, demasiadas como para que alguna de ellas se lleve todo mi entusiasmo. Pero quien me conoce sabe que he sido fan ―a mi manera― de Presuntos Implicados desde los primeros tiempos. Sus CD’s me acompañaron durante muchas horas, todavía lo hacen de vez en cuando. Por esto, cuando pasado un tiempo desde que terminaron su andadura, me enteré de que Nacho Mañó volvía a los ruedos musicales ―visibles, en la trastienda ha estado siempre― con un nuevo disco, la curiosidad me pudo y pronto localicé información sobre su regreso. Lo hacía a dúo, acompañado por Gisela Renes. No tenía ni idea de quién era y pensé, lo confieso, que era difícil imaginar a Mañó acompañado de una voz distinta a la que guardaba en mi memoria. Me equivocaba. Encontré un vídeo en Youtube y, tan pronto escuché la voz de terciopelo de Gisela Renes, me cautivó.

Ya he dicho que soy fan a mi manera, sin grandes aspavientos, pero con tesón. Me enteré de que harían una actuación en Café Mercedes Jazz y allá que me fui. El local es pequeño, coqueto, íntimo. La luz era tenue, apenas el escenario iluminado y un resplandor azulado bañando a los espectadores que charlaban en voz baja a la espera de la actuación. Nacho Mañó silenció con su guitarra los últimos murmullos y Gisela comenzó a interpretar los temas de Canto Rodado. Es difícil transmitir lo que se produjo allí. Se hizo un silencio estruendoso, profundo, intenso, durante un buen rato. Las notas dulces traspasaron la piel, las vísceras, el alma y yo empecé a llorar. Me pasa a veces, lo confieso con cierto pudor. Hay interpretaciones artísticas que me producen ese efecto, la primera que recuerdo fue con 10 años, en el teatro Principal, ante el Ballet Nacional de Japón. En el Café Mercedes mis ojos fueron incapaces de retener unas lágrimas silenciosas, dulces, embriagadas. Y así me pasé el concierto. Incluso cuando aquel momento de profunda comunión silenciosa terminó y acabamos todos acompañando las letras con mejor o peor fortuna, pero conquistados para siempre.

Cuando acabó compré el CD y desde ese momento me acompañó en muchos viajes. Una de mis aficiones es conducir cantando como si no hubiera un mañana. No, no canto bien, pero da igual, esos momentos los disfruto mucho. Y así fue hasta que a alguien más debió gustarle tanto como a mí y el disco desapareció.

Todo este rollo lo cuento para que se entienda qué sentí cuando supe que venían a Pegando la Hebra. El espacio Amada música siempre es una sorpresa y un privilegio, porque por allí han abierto sus corazones artistas de todos los géneros musicales desde el jazz a la ópera, pasando por el pop, el rock o el indi y nos han obsequiado con actuaciones impagables. Y esta tarde los invitados eran Nacho Mañó y Gisela Renes. Imposible no acudir.

Hablamos de muchas cosas, de cómo decidieron comenzar esta etapa, de las dificultades por las que pasa el sector musical, de su amistad y colaboración con Armando Manzanero, de la faceta de productor de Mañó, menos conocida por el gran público pero que le coloca entre los músicos más relevantes de nuestro país ―ha trabajado como productor para Alejandro Sanz, Niña Pastori, Lolita, Presuntos Implicados, La Barbería del Sur, Revolver, Seguridad Social…―. Nos habló de ello con sencillez, sin darle importancia: «eso tan solo quiere decir que soy muy mayor». Claro, por eso será. Y, como no, nos enamoraron con las canciones de su nuevo proyecto, Tonada de Luna Llena. Un proyecto que es mucho más que música y en el que nos confesaba Gisela que las letras le salían a borbotones en una explosión creativa imparable. Nos lo cuenta con entusiasmo y la mirada limpia de la gente buena, con sencillez, como si fuera lo más normal del mundo.

Escuchándoles hablar no extraña que su música sea balsámica, que toque la fibra, porque es una prolongación de lo que ellos mismos son: algo hermoso y lleno de humanidad, sencillez y sensibilidad. Con un micro, una guitarra y la voz de Gisela llenaron el estudio de Pegando la Hebra de electricidad y vibraciones positivas. Al final de la tarde aprovechó Nacho Maño para invitarnos a dos actuaciones próximas. No hacen mucho alarde de ello, pero están, no presúntamente sino sinceramente, implicados con asociaciones vinculadas al autismo y colaboran con diversas organizaciones no gubernamentales de forma altruista. En febrero de 2017 ya hicieron un concierto a beneficio de ACNUR. Ahora nos habla del concierto sinfónico de jazz «Música para el autismo» que se celebra el jueves 27 de septiembre a las 20:00 horas, en el Palau de la Música de Valencia, y también de otra actuación el viernes 28 en la Rambleta a beneficio de la «Fundación Vía, Vida y autismo» que trabaja para crear hogares tutelados para cuando los niños con autismo se independizan. Se ve que no es un trámite, que la implicación es real como decía más arriba. Nos habla del concierto del jueves y un brillo emocionado aparece en sus ojos: «Cuando escuché la versión sinfónica por primera vez, con las voces de Los pequeños Cantores de Valencia, se me puso el vello de punta». Es cierto, le vuelve a pasar al recordarlo y nos contagia a todos ese cosquilleo. El mismo que nos han hecho sentir hoy con su música y su palabra. Espero poder estar el jueves en el Palau.

Marta Querol

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