La seducción de la lectura 

Cada libro es una excitante invitación y también un principio anticipado de remordimiento, una promesa de sensaciones, palabras, sabores y mundos y una advertencia de que no se pueden leer todos los libros que uno quisiera”

Antonio Muñoz Molina (Ventanas de Manhattan) 

La cita de Antonio Muñoz Molina nos traslada de inmediato a la extraordinaria biblioteca imaginada por el gran Borges donde cualquier cosa, y su contraria, están consignadas. Según él, la biblioteca, una suerte de universo o paraíso, creación de un dios o del azar, existe desde la eternidad y sus estanterías laberínticas se hallan compuestas de volúmenes llenos de símbolos ortográficos combinados de forma aleatoria. Así, podríamos encontrar manuales con palabras inconexas o sin sentido en esta biblioteca que se caracteriza por su naturaleza caótica. Es más, según Borges, “basta que un libro sea posible para que exista” y, si me permiten la broma, después de leer algunos de dudosa calidad, me inclino a darle la razón. Por lo tanto, en sus estanterías se esconderían desde textos donde se repite un mismo fonema hasta variaciones y reproducciones de obras grandiosas y universales. De este modo, si retomo mi crítica a los escritos de dudosa calidad, en algún lugar de esa maravillosa biblioteca se ocultarían versiones literarias y magníficas de dichas historias.

El escritor Gustavo Martín (Tan cerca del aire, 2010) compara la biblioteca infinita con la caverna de Ali Babá donde transitan lectores que planean desvelar sus misterios o, colmo de las perversiones, aniquilar la propia biblioteca.

Los lectores seríamos, bajo esta perspectiva, ladrones en la caverna mítica que pretenden robar los sueños de quienes escriben, o, tal vez, iniciados en busca de respuestas perdidos en el inmenso laberinto de la biblioteca.

Prefiero vernos como invitados de generosos anfitriones, invitados que se introducen con alegría en los recovecos de la ficción.

Felices porque, en parte, la lectura nos devuelve a la infancia cuando leíamos llenos de admiración y de inocencia, y nos permite recuperar (en ocasiones) el mágico momento en el que cualquier aventura era posible, milagro incluido. De este modo, la lectura, memoria de la infancia, se convierte en memoria de la felicidad, en el que cada cual bucea y extrae cuentos, relatos y leyendas, imágenes impactantes y diferentes según culturas y el lugar donde se desarrolló su infancia.

En mi caso, fue en Francia. No es extraño pues, que me nutriera de las fábulas de La Fontaine, que sufriera ante el deseo de libertad de la cabra del señor Seguin para quien la hierba siempre lucía más verde del otro lado del valle, allá en la montaña, hasta que la escaló, se enfrentó con valentía al lobo y murió (Alfonse Daudet).

Pero también devoraba, como muchos niños de mi generación, las aventuras de Sherlock Holmes o de Miss Marple. Más tarde, admiré y me emocioné con los clásicos antihéroes españoles desde El Quijote, El Lazarillo de Tormes o el más reciente Pedro de Tiempo de silencio (Luis Martín Santos). Luego descubrí, admirada, las novelas escritas por mujeres empezando por Nada de Carmen Laforet o la poética Materia de Bretanya (1976) de Carmelina Sánchez Cutilla por mencionar a ilustres autoras de nuestras tierras, pero me dediqué la mayor parte de las veces a trabajar sobre los personajes creados por las autoras que me habían conmocionado, destacando la gran Colette.

Estos personajes de ficción que se mostraron ante mí, entre otros, configuraron mi propio universo y me ayudaron a comprender mejor cuanto en él habita, porque la literatura es, además de mi propia existencia, también la de los demás.

Hasta la fecha, cada libro abierto ha ampliado mis miras y, como aseguraba Montesquieu, “Jamás he tenido disgusto alguno que la lectura no haya disipado”. A pesar de compartir su opinión, reconozco que conviene elegir bien el jardín literario donde decidimos pasearnos. Pero, ¿qué criterios seguir? ¿Los clásicos o los contemporáneos? ¿Algún género en particular? ¿Nos limitamos a las recomendaciones de los críticos literarios?

El mundo de los clásicos no nos pertenece, aunque es beneficioso sumergirse en sus historias o, mejor dicho, elevarse al visitarlas de vez en cuando. En cuanto al mundo de la paraliteratura donde se inscriben la novela negra, la ciencia ficción, la romántica, el espionaje, la histórica o las aventuras, entre otras, quizá abarque esferas demasiado vastas para poder entregarnos a todas ellas con el mismo entusiasmo.

De algún modo, tal vez nos sentimos atraídos irremisiblemente hacia un texto en particular, un autor, un género o un movimiento porque nos habla un lenguaje más cercano o quizá porque nos descubra mejor a nosotros mismos, eso creía Proust:

En realidad, cada lector se lee a sí mismo cuando lee. La obra de un escritor se transforma en un mero instrumento óptico ofrecido al lector para permitirle descifrar lo que quizá sin el libro no hubiera sabido ver en sí mismo.

Robamos al leer el sueño de quien escribe, y muchos libros nos roban el sueño. Mantenemos pues una estrecha relación de reciprocidad con las obras, nos alimentamos de ellas, aprendemos actitudes, comportamientos, normas e ideas, hasta logramos reconocer y poner nombre a sentimientos que nos perturban.

Más aún, los textos responden a multitudes de preguntas, las hayamos buscado o no con anterioridad. O todo lo contrario. Quizá, las obras más fascinantes no ofrezcan respuestas sino preguntas.

Marina Lomar