“El escritor trabaja para hermanos misteriosos que posee en el mundo” decía Jean Cocteau y “su obra se convierte en una suerte de reencuentro entre compatriotas”.

La hermandad literaria de Cocteau hace soñar, porque resalta el propósito solidario de la escritura, ejercida a menudo en reclusión. Enlaza de un modo bello con la etimología de la palabra “libro”, procedente del latín Liber, lo cual significa corteza, pero también “libre” y remite a las fiestas del vino.

Tal vez por ello, desde entonces, millones de jóvenes han grabado en troncos complacientes el nombre de su amor, mientras, en paralelo, escritores, quién sabe si aspirando ellos también a la inmortalidad, han redactado en la materia preciosa del Liber, en su corteza, pasiones y pensamientos.

Otros no aspiran tanto a la inmortalidad como a disfrutar del poder sugestivo de la literatura, porque, ya lo decía Flaubert, “una mujer dibujada se parece a una mujer, pero una mujer escrita permite soñar con miles de mujeres”, Reemplácese aquí “mujer” por otra expresión y funcionará de la misma manera, ¡soberanía de la palabra!

Escribir para reunirse con compatriotas o reencontrarse a sí mismo, o al contrario, con el fin de evadirse. Escribir para disfrutar o despertar la pasión anidada en las entrañas. Escribir para uno mismo, para los demás. Escribir acerca de lo divino y lo humano con entusiasmo o con angustia, con fervor o con rabia.

Bien lo saben los amantes de la pluma o del teclado, escribir despierta sentimientos diferentes y alberga aspiraciones contrapuestas, aunque suelen coincidir a la hora de hablar del valor del sacrificio para aquilatar las ideas, sea bajo forma de renuncias (salidas, familia, amigos) y/o de horas robadas al sueño.

Ante la lógica pregunta ¿merece la pena?, tal vez no contesten enseguida porque, pensativos, se irán con la mente a la isla de sus libros leídos y por leer. La isla de sus bibliotecas, de sus librerías favoritas, de sus propias estanterías abarrotadas de libros fabulosos, atrevidos, maravillosos o comunes, incluso mediocres, libros de distintas épocas y todos repletos de sueños o pesadillas.

Quizá sonrían entonces al recordar las sensaciones que ellos experimentan cuando abren un libro y el mundo se despliega ante ellos porque les pertenece y les da vida.

Sí, quizá sonrían. Pero seguro que responden que sí merece la pena escribir.

Marina Lomar

Fotografías de Helena Del Mar

Fotografías de Helena Del Mar