Después de Clara y la penumbra, El cebo, Zigzag, La llave del abismo o El origen del mal, entre muchas otras novelas que calificaré de brillantes para simplificar, José Carlos Somoza vuelve a deslumbrar con Estudio en negro, guiño al gran Conan Doyle a quien le regala en un simpático juego metaliterario su famoso título de Estudio en Escarlata.

El estudio en negro, narrado en primera persona por Anne McCarey, una enfermera entregada que cuida al misterioso Señor X en Clarendon, residencia para personas alienadas de Portsmouth, se convierte en un ejercicio brioso de fintas donde priman la imaginación de Somoza y la esmerada selección de elementos que recrean a la perfección la almosphère de finales del XIX, desde los anuncios de galletas o de obras de teatro hasta ciertos acontecimientos y costumbres típicas.

Sin embargo, la mayoría de los mencionados detalles costumbristas, algunos chocantes pero verosímiles, son elementos somozianos, es decir, invenciones originales, que contribuyen a re-crear un espectáculo tan emocionante que la protagonista, Anne, amante de las representaciones teatrales, no dudaría en tacharlo de escandaloso.

Ahora bien, Anne Mc Carey es nuestra protagonista de papel. Compasiva, a merced de los hechos que relata –por lo tanto, frágil en apariencia-, y, al mismo tiempo, bajo los focos desde que se abre el telón, destaca no solo la creación de su personaje sino su evolución. En efecto, perdida entre laberínticos enredos y sometida en la época victoriana por su condición de mujer, Anne logra rescatar y seguir el hilo que la conduce a su propia verdad.

Bienvenidos a la función dirigida por el maestro José Carlos Somoza con las magistrales interpretaciones del Señor X, que nos confunde, de Sir Arthur Conan Doyle, que nos enamora, y de Anna McCarey, versión femenina de Watson, quien nos acompaña y nos describe los claroscuros de una época apasionante.

Instálense, el espectáculo está garantizado. ¡Ah! No olvide comprarse las galletas Merryweather, Estudio en negro las ofrece a mitad de precio. Son escandalosamente… deliciosas.

Marina Lomar.