EL AMOR EN EL SIGLO XVIII: EL “CORTEJO”

El siglo XVIII nos suena a ilustración, despotismo ilustrado, sociedad de clases, matrimonios concertados, pero también fue el despertar de la mujer en sociedad que alcanzará unas cotas de libertad e iniciativa sorprendentes para la idea que tenemos de la época, y que en buena medida perderá en el supuestamente más avanzado siglo XIX.

El “cortejo” es un fenómeno del siglo XVIII, que consistía en que una mujer casada podía ser acompañada por un galán que no era su marido y que estaba a su disposición para lo que ella necesitara. Evidentemente una situación semejante tenía sus antecedentes por muy poco que gustara a amplios sectores de la sociedad de la época.

Afortunadamente para nosotros, el cortejo es el protagonista del ensayo “Usos amorosos del dieciocho en España” de la más conocida como escritora Carmen Martín Gaite, publicado en su primera edición en el año 1972. Una obra que aún hoy sigue siendo referencia principal sobre este asunto.

 

Todo nace, como no, por una mujer: Leonor de Aquitania (1122-1204), duquesa titular de Aquitania desde 1137 y posteriormente reina consorte de Francia y de Inglaterra. En su corte de trovadores aparece el fenómeno del “amor cortés”, donde el caballero ha de respetar y servir a su dama haciendo hazañas para ganarse su favor, cuya propagación al resto del mundo occidental hizo diferente la posición de la mujer con respecto de la que tiene en otras culturas. Aunque aún queda mucho por hacer, claro.

Hay que diferenciar a la mujer de la dama: la mujer de las clases bajas vive en torno al trabajo y su familia, pero una dama de la aristocracia tiene otras funciones. De todas formas eran damas educadas en el tira y afloja de hacerse valer y gustar con vistas a un matrimonio pactado lo más ventajoso posible para sus familias, considerándose como una muestra de su condición social superior el salir a la calle siempre acompañadas de personas a su servicio.

En el siglo XVII ya se puede decir que las damas tienen una auténtica vida social, tanto intercambiando visitas privadas como asistiendo al teatro, a bailes y fiestas así como visitando chocolaterías (no mesones ni tabernas propias de clases bajas), y en el “paseo” en avenidas ajardinadas donde ver y dejarse ver con sus mejores galas y a ser posible en coche de caballos mostrándose como parte de la élite social, como se hacía en La Alameda de Valencia o El Prado en Madrid… Así la mujer va pasando desde el recato y el rubor hacia una creciente desenvoltura e iniciativa.

En la corte de Felipe IV de España (1621-1665) está la figura del “bracero” -nada que ver con el significado de la misma palabra en el mundo agrícola-, llamado “bracciere” en Italia y el “alcoviste” en Francia, o servidor de señoras de alcurnia con la función de ofrecerles en público su brazo y acompañarlas en ausencia de su marido. Así van entrando en la esfera privada de la dama hombres ajenos a su familia, junto a los ahora habituales maestro de baile y peluquero, a los que trata con una cercanía e incluso intimidad implanteables en otra época.

Ya a finales del siglo XVII en Italia, sobre todo en Génova y Venecia, aparece el “chichisbeo”, palabra que procedente del italiano cicisbeo y éste de cicisbeare que a su vez procede del verbo bibisgliare (hablar al oído, susurrar o simplemente cuchichear): era la conversación que mantenía una mujer casada con un hombre de su confianza que no era su marido. Esto a su vez enlaza con la figura del “chevalier servant” en Francia, que es el caballero de una dama sin ser su marido y que está a su disposición siempre que ella lo necesite.
Así aparece la figura del “cortejo” a principios del siglo XVIII, como el acompañante y confidente de una dama sin ser su marido. Debía ser de buena presencia y de buena familia, elegante, educado y de buen trato para dejar siempre en buen lugar a su dama, de confianza para ser su confidente, para distraerla ha de ser afable y simpático, conocer las últimas tendencias, novedades y chismes del momento, haber viajado sobre todo a París y saber idiomas especialmente el francés, saber bailar, tener dinero para satisfacer sus caprichos… y todo con un interés puramente platónico. Su presencia era una muestra de la condición social superior de la dama a la que servía y de su propio marido, con su permiso e incluso acompañándola en su presencia.

El “cortejo” acompañaba a su dama incluso en su propia casa permitiéndosele el acceso al tocador en sus habitaciones privadas, al salir a la calle, en la iglesia durante la misa, en el “paseo”, en chocolaterías y cafés, así como en el teatro, en bailes y fiestas… pero su espacio natural serán ahora las “tertulias” donde las visitas privadas mutuas se transforman en eventos sociales con música de cámara y baile donde se intercambian noticias, chismes, novedades de todo tipo así como también se pasan mensajes secretos con el “lenguaje del abanico”, se hacen negocios y partidas de juegos de azar; y los “salones” que son tertulias organizadas por una dama culta propietaria de la casa donde se celebran y que dirige la reunión en pie de igualdad a los hombres a los que ha incluido en su invitación. Y esto era toda una novedad en la época.

Pero el cortejo fue un fenómeno elitista y minoritario, que alcanzó su cénit a mediados de siglo y cae en el descrédito a finales del siglo XVIII, con acusaciones de ocultar adulterios flagrantes, inútiles presumidos e incluso acabó habiendo cortejos de alquiler con veladas acusaciones de prostitución masculina. A primeros del XIX se llamaba “cortejo” ya al novio formal… y también a las relaciones de convivencia sin matrimonio que también las había.

Bibliografía: “Usos amorosos del dieciocho en España”, Carmen Martín Gaite (primera edición 1972) “La vida cotidiana en tiempos de Carlos III” Gloria A. Franco Rubio. Ediciones Libertarias – Nuestra Historia.(2001) “La España de la Ilustración. La vida cotidiana”. Fernando Díaz-Plaja. Edit. Edaf (1997)